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GINA, REAL COMO LA VIDA
MISMA...
Debo reconocer que cuando de niña descubrí a los personajes creados por
Purita Campos , desconocía todo sobre la autora, y
quizá peor aún, en general, la figura de los dibujantes en el cómic. Da
la impresión de que, al contrario que en el mundo de la novela o la
literatura general, donde los personajes están íntimamente relacionados
con sus autores (el Quijote de Cervantes , los tres
mosqueteros de Dumas ), en el mundo del cómic los
personajes tienen como un mayor distanciamiento o independencia de sus
creadores.
Quizá esto sea debido a que hasta hace muy poco había una mayor
desatención de los medios de comunicación o de la cultura en general por
este medio del que sólo sobresalían mediáticamente apenas unos grandes
nombres, pero quizá también, porque, al contrario que en las novelas, en
el mundo del cómic podemos asistir al desarrollo y a la vida de un
personaje durante un periodo muy largo en el tiempo, en el tiempo real,
y su peripecia vital acompaña a la nuestra durante años.
Así, los personajes de Purita tenían también esa
especie de aureola mágica de lo no creado, de lo existente por sí mismo,
de lo verdadero. Lo que les ocurría era real, era verídico, y no sólo
por los aciertos que en ese aspecto tenían los guiones, sino sobre todo
porque también su historia, como la vida, como nuestra vida, y en
contraposición a la novela, no tenía final conocido. Era un proceso y no
una crónica, un camino abierto y no un mapa; crecía con nosotros, nos
acompañaba en nuestro crecimiento, y su vida, como la nuestra, no era
previsible, no estaba reglada, se perdía, se encontraba, se complicaba,
se solucionaba. Ninguna de nosotras hubiese imaginado a estos personajes
como los productos de la pluma de un creador. No: estaban ahí con
nosotras, latían, respiraban, recorrerían durante años nuestro mismo
camino.
Han pasado casi veinte años desde que leía las historias de
Purita Campos y el mundo ha cambiado mucho desde aquellas
revistas que nos proponían recetas de cocina, la última moda en mandiles
o el decálogo de las buenas costumbres. Y muchos de aquellos ritos se
han perdido para siempre. Están casi extintos ya los quioscos y los
quiosqueros. Al menos aquellos quioscos y aquellos quiosqueros que
conocíamos, y la mayoría de los símbolos que poblaron los primeros años
de nuestra vida son ahora cenizas.
En el camino que todos los niños recorremos, juzgo ahora la infancia
como un tránsito descabellado y veloz hacia su propia pérdida. Teníamos
prisa por crecer, como si la adolescencia o la madurez nos ofreciesen
tesoros sin número y vedados paraísos, como si nuestra infancia y
primera juventud fuesen una pérdida de tiempo inevitable ante la
verdadera vida, que se anunciaba multicolor y grandiosa, que nos
prometía sus tentaciones cuando fuésemos capaces de superar la
inocencia. Y así, renunciamos a nuestro reino y nos alejamos, yo creo
que todas y todos, de Esther y de Gina, de las revistas, de los
cantantes, de las muñecas, de los juegos, de los viejos sueños. La
traición al mobiliario simbólico de nuestra infancia era la condición
imprescindible para atravesar esa frontera al otro mundo fantástico que
habitaban los mayores. Y traicionamos y olvidamos.
Sólo después, ahora, nos dimos cuenta de que cada minuto que le robamos
a nuestra infancia fue un minuto perdido para siempre. Y a veces me
pregunto si la actitud correcta no hubiese sido la contraria: construir
un dique contra la realidad, encastillarse en la fantasía y en el mundo
del juego tanto como hubiese sido posible. Pelear cada segundo, cada
instante. Defenderse contra el invasor del mundo adulto, que nos ha
cobrado un peaje inmenso, gigantesco, muy superior quizá a todos
aquellos tesoros que ofrecía, muchos de los cuales se revelaron
baratijas.
Por eso, al iniciar el viaje de vuelta al reino perdido, al intentar
recuperar los objetos, los olores, las imágenes de ese pasado que ahora
se nos antoja tan lleno de magia y sin mácula hemos por fin conocido a
Purita Campos . Esta vez sí como la creadora de
aquellos personajes que nos proporcionaron tantas emociones y felicidad.
Como la persona con la que tenemos esa deuda impagable. Y así,
descubrimos su biografía: sus inicios como ilustradora de modelos y
maniquíes, para aquellas revistas como Dames de France o
Carnet elegante ; su posterior entrada en Bruguera de la mano del
desaparecido Manuel Vázquez donde hacía insípidas
historias de amor sobre el clásico patrón de chico busca chica, chico
pierde chica, chico logra chica. Y posteriormente, cuando ya hastiada de
esta temática y a punto de dejar el cómic, viaja a Londres, donde conoce
a Phillip Douglas , uno de los mejores guionistas de
Inglaterra, creando entre ambos Patty´s World , que aquí se
llamaría Esther y su mundo y que le daría fama en toda Europa.
Muchas veces me he preguntado por qué Gina, o Esther, y en general todas
las protagonistas y las historias de Purita , han
tenido tanto peso, tanta importancia, han ocupado un lugar estelar en
esa recuperación de nuestro pasado. Porque es verdad que quizá haya sido
la nostalgia la que nos impulsara a volver a transitar los mismos
caminos, pero también es verdad que esos personajes brillan con luz
propia y son protagonistas absolutos entre toda la multitud de símbolos
que se amontonaban en el desván de nuestra infancia. Creo que es porque
las niñas de Purita tenían sueños inalcanzables, como
nosotras, objetivos cercanos, los mismos miedos, también complejos,
chicos que no las querían, estudiaban, trabajaban, las había
responsables e irresponsables, ricas y pobres, modernas y conservadoras,
malas y buenas, guapas y no tan guapas ( Purita nunca
supo dibujar una cara fea).
Además, dejaban traslucir una sociedad más abierta y reflejaban unas
relaciones familiares y una visión de la mujer más respirables que la
realidad sociológica de la España de esos tiempos, por lo que pienso que
siguen teniendo actualidad a día de hoy y que no han envejecido mal,
como lo prueba el hecho de que muchas hijas de lectoras de estas
historias hereden los comics de sus madres y se enganchen de nuevo a
ellos tendiendo un puente entre generaciones realmente poco común y muy
difícil de ver en el ámbito del ocio.
Así, pienso que la recuperación y nueva publicación de Gina ,
no es sólo un ejercicio de nostalgia para todas las lectoras que
llevábamos años suspirando y soñando con esta posibilidad. Tampoco es
sólo una legítima y con toda seguridad exitosa búsqueda de nuevos
lectores que podrán disfrutar de estos personajes inmortales tal como
nosotras lo disfrutamos en su momento. No sólo es eso. Es además una
forma de hacer justicia, en la persona de Purita Campos,
a toda una generación de dibujantes, pioneras del cómic en
nuestro país y a las que quizá no se valoró a la altura de sus
merecimientos. Honestamente, eso es a mí lo que realmente me emociona de
este libro.
Alina Entwistle
(Webmaster de la Comunidad Esther y su mundo /
http://groups.msn.com/Estherysumundo/puritacampos.msnw)
Jorge Armesto Rodríguez |
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GINA, UNA OBRA MAESTRA EN SU
ESENCIA GRÁFICA
Cuando a finales de los años 50, en la agencia Selecciones
Ilustradas me pasaron una nota del director de la revista inglesa
Valentine , de la editorial Fleetway, con instrucciones específicas
sobre una de las historietas románticas que dibujaba para ellos, me
quedé gratamente sorprendido al comprobar que se refería a mí no como el
dibujante fulano sino como “ el artista ” Fernández...
Mi vanidad de principiante desbordó y pensé que aquel hombre le debían
encantar mis dibujos.
Movido por la curiosidad pregunté a mis compañeros del estudio si tenían
notas semejantes de aquel u otro editor, y, ¡oh, desilusión!, a todos
nos trataban igual, de artistas... Tiempo después, cuando trabajaba para
el mercado editorial norteamericano, comprobé que el tratamiento
profesional era el mismo para todos y que metían en el mismo saco a un
pintor, a un dibujante de comics o a un ilustrador. Todos artistas.
Y es que en esta, como en otras cuestiones, los anglosajones siempre han
tenido menos prejuicios culturales.
En cambio, en nuestro país no era así. Para comenzar ya partíamos del
prejuicio de que mis tebeos infantiles y los de mis amigos eran para
chicos, mientras que los de mi hermana y amigas eran de chicas, igual
que los colegios tenían aulas separadas por sexos. Con el agravante de
que los tebeos para chicos estaban dibujados exclusivamente por hombres
y los de chicas, en cambio, indistintamente por dibujantes y dibujantas.
Como a mí me interesaban todos los papeles dibujados e impresos, también
leía los tebeos de mi hermana Raquel y de entre el pequeño tesoro que
acumulaba en su mesita de noche aprendí a reconocer el estilo y los
rasgos diferenciadores de las obras de Pili Blasco ,
Rosa Galcerán , María Pascual o
Carmen Barberá , principales autoras de historietas de
aquellos años.
Fue más tarde cuando descubrí la obra de Purita Campos
, cuando ya llevaba varios años de profesional, y me llamó fuertemente
la atención por su alto nivel expresivo y artístico.
Ahora, cuando tantos años después, he leído su obra Gina , he
vuelto a valorar en Purita Campos la aparente facilidad
con que resuelve los encuadres difíciles, la elegancia de sus
composiciones de página, el dominio de la expresión y la armonía y
belleza de los primeros planos, la justa ambientación de los escenarios
y el acertado ritmo de lectura que imprime a las secuencias narrativas.
Y todo ello gracias a su profundo conocimiento de la anatomía humana y
por ende del movimiento y su perfecta resolución gracias a un entintado
de pluma y pincel limpio y directo.
Un gran artista en suma, cuyo lenguaje plástico ha conectado durante
muchos años con un amplísimo número de lectores, de todo sexo, tanto
aquí como en los muchos países en los que se han editado sus obras.
Además hay que destacar el significativo valor añadido que tiene el que
tanto Gina como otras muchas de sus historietas sean trabajos
“de encargo”.
Los denostados y tantas veces maldecidos trabajos de encargo,
constreñidos por las exigencias de un mercado ya definido y por el gusto
particular de los editores, trabajos en los que había que respetar una
iconografía-tipo (juventud, belleza, modas) y hasta las técnicas de
dibujo y entintado, no sobrecargadas, como correspondía al género.
No hace mucho, apenas unos meses, el pintor, escritor y escenógrafo
Eduardo Arroyo , que ha desarrollado la mayor parte de
su importante trayectoria profesional en Italia y Francia, reivindicaba
en una entrevista su firme convencimiento de que es en los “trabajos por
encargo”, cuando el artista se ve forzado a realizar supremos esfuerzos
de creatividad, para, al servicio de una idea ajena, llegar a conseguir
hacerla suya, sublimándola al extremo de apropiarse del alma de la obra.
Y es justamente durante las décadas de 1970 y 1980, a través
generalmente de trabajos de encargo, cuando concurrió una serie fortuita
de circunstancias que propició la más importante aportación creativa de
los artistas españoles, tanto en cantidad como en calidad, a la historia
del cómic. En revistas de casi toda Europa y Norteamérica, los
dibujantes españoles de historietas realizaron una decisiva renovación
técnica y expresiva del medio, su obra tuvo una gran repercusión e
influyó en artistas de otros países, y fue reconocida con premios y
galardones que avalaban su elevado prestigio internacional.
Purita Campos fue una de aquellos profesionales.
Con la importancia de que Purita Campos demostró que el
trabajo de una mujer dibujante no solo estaba a la altura de sus
compañeros masculinos, sino que incluso podía superarlos en el interés y
aceptación del público lector, no en vano sus obras destacan por la
capacidad de la autora para contactar con la mentalidad de sus lectoras.
Como ejemplo de todo ello aquí está el libro de Gina , una
pequeña muestra de su fecunda labor, del bien hacer de Purita
, que le conquistó una legión de lectoras -y sin duda, también
de lectores- que hoy siguen atentos a la actualidad de esta gran autora
de la historieta española.
Fernando Fernández
Mayo de 2005 |