Gina

Gina.

Gina.

Las aventuras de uno de los personajes más queridos del cómic para chicas, creada por la mano maestra de Purita Campos, en un tomo de 200 páginas, que incluye una historia inédita, para deleite de sus fans de siempre y como una revelación para los nuevos lectores. Gina es un delicioso cóctel de sentimientos y aventuras e ingenio, cuyo personaje principal, la Gina del título, irá despertando poco a poco al mundo adulto en compañía de sus amigos.

La autora
Purita Campos es una leyenda del cómic español que, sin embargo, ha desarrollado una carrera atípica que, en cierto modo, le ha impedido un mayor reconocimiento fuera de los círculos de sus fans. Creadora de personajes femeninos que arrasaron entre las adolescentes de los años setenta y ochenta, Purita Campos ha publicado en revistas como Dalia (1959), Romántica (1961), As de corazones (1961), Sissi (1961), Blanca (1961), Lily (1962), Celia (1963), Can Can (1961) y Pecosa (1986).

Sus personajes más famosos son Esther (una serie mítica, que en España se llamó Esther y su Mundo y en el Reino Unido, Patty’s world), Gina, May Dunning y Jana (publicada en Holanda con el nombre de Tina). Sus historias se han publicado en España, Holanda, Reino Unido, Alemania, Francia y Austria.

1 tomo.

Número de páginas: 200.

Impresión: Blanco y negro.

Editorial: Glénat.

Autores: Purita Campos y Francisco Ortega.

Precio: 17,95 €. Gastos de envío: 4,00 €, si el pedido no supera los 40,00 €.

Prólogos de la obra
GINA, REAL COMO LA VIDA MISMA…

Debo reconocer que cuando de niña descubrí a los personajes creados por Purita Campos , desconocía todo sobre la autora, y quizá peor aún, en general, la figura de los dibujantes en el cómic. Da la impresión de que, al contrario que en el mundo de la novela o la literatura general, donde los personajes están íntimamente relacionados con sus autores (el Quijote de Cervantes , los tres mosqueteros de Dumas ), en el mundo del cómic los personajes tienen como un mayor distanciamiento o independencia de sus creadores.

Quizá esto sea debido a que hasta hace muy poco había una mayor desatención de los medios de comunicación o de la cultura en general por este medio del que sólo sobresalían mediáticamente apenas unos grandes nombres, pero quizá también, porque, al contrario que en las novelas, en el mundo del cómic podemos asistir al desarrollo y a la vida de un personaje durante un periodo muy largo en el tiempo, en el tiempo real, y su peripecia vital acompaña a la nuestra durante años.

Así, los personajes de Purita tenían también esa especie de aureola mágica de lo no creado, de lo existente por sí mismo, de lo verdadero. Lo que les ocurría era real, era verídico, y no sólo por los aciertos que en ese aspecto tenían los guiones, sino sobre todo porque también su historia, como la vida, como nuestra vida, y en contraposición a la novela, no tenía final conocido. Era un proceso y no una crónica, un camino abierto y no un mapa; crecía con nosotros, nos acompañaba en nuestro crecimiento, y su vida, como la nuestra, no era previsible, no estaba reglada, se perdía, se encontraba, se complicaba, se solucionaba. Ninguna de nosotras hubiese imaginado a estos personajes como los productos de la pluma de un creador. No: estaban ahí con nosotras, latían, respiraban, recorrerían durante años nuestro mismo camino.

Han pasado casi veinte años desde que leía las historias de Purita Campos y el mundo ha cambiado mucho desde aquellas revistas que nos proponían recetas de cocina, la última moda en mandiles o el decálogo de las buenas costumbres. Y muchos de aquellos ritos se han perdido para siempre. Están casi extintos ya los quioscos y los quiosqueros. Al menos aquellos quioscos y aquellos quiosqueros que conocíamos, y la mayoría de los símbolos que poblaron los primeros años de nuestra vida son ahora cenizas.

En el camino que todos los niños recorremos, juzgo ahora la infancia como un tránsito descabellado y veloz hacia su propia pérdida. Teníamos prisa por crecer, como si la adolescencia o la madurez nos ofreciesen tesoros sin número y vedados paraísos, como si nuestra infancia y primera juventud fuesen una pérdida de tiempo inevitable ante la verdadera vida, que se anunciaba multicolor y grandiosa, que nos prometía sus tentaciones cuando fuésemos capaces de superar la inocencia. Y así, renunciamos a nuestro reino y nos alejamos, yo creo que todas y todos, de Esther y de Gina, de las revistas, de los cantantes, de las muñecas, de los juegos, de los viejos sueños. La traición al mobiliario simbólico de nuestra infancia era la condición imprescindible para atravesar esa frontera al otro mundo fantástico que habitaban los mayores. Y traicionamos y olvidamos.

Sólo después, ahora, nos dimos cuenta de que cada minuto que le robamos a nuestra infancia fue un minuto perdido para siempre. Y a veces me pregunto si la actitud correcta no hubiese sido la contraria: construir un dique contra la realidad, encastillarse en la fantasía y en el mundo del juego tanto como hubiese sido posible. Pelear cada segundo, cada instante. Defenderse contra el invasor del mundo adulto, que nos ha cobrado un peaje inmenso, gigantesco, muy superior quizá a todos aquellos tesoros que ofrecía, muchos de los cuales se revelaron baratijas.

Por eso, al iniciar el viaje de vuelta al reino perdido, al intentar recuperar los objetos, los olores, las imágenes de ese pasado que ahora se nos antoja tan lleno de magia y sin mácula hemos por fin conocido a Purita Campos . Esta vez sí como la creadora de aquellos personajes que nos proporcionaron tantas emociones y felicidad. Como la persona con la que tenemos esa deuda impagable. Y así, descubrimos su biografía: sus inicios como ilustradora de modelos y maniquíes, para aquellas revistas como Dames de France o Carnet elegante ; su posterior entrada en Bruguera de la mano del desaparecido Manuel Vázquez donde hacía insípidas historias de amor sobre el clásico patrón de chico busca chica, chico pierde chica, chico logra chica. Y posteriormente, cuando ya hastiada de esta temática y a punto de dejar el cómic, viaja a Londres, donde conoce a Phillip Douglas , uno de los mejores guionistas de Inglaterra, creando entre ambos Patty´s World , que aquí se llamaría Esther y su mundo y que le daría fama en toda Europa.

Muchas veces me he preguntado por qué Gina, o Esther, y en general todas las protagonistas y las historias de Purita , han tenido tanto peso, tanta importancia, han ocupado un lugar estelar en esa recuperación de nuestro pasado. Porque es verdad que quizá haya sido la nostalgia la que nos impulsara a volver a transitar los mismos caminos, pero también es verdad que esos personajes brillan con luz propia y son protagonistas absolutos entre toda la multitud de símbolos que se amontonaban en el desván de nuestra infancia. Creo que es porque las niñas de Purita tenían sueños inalcanzables, como nosotras, objetivos cercanos, los mismos miedos, también complejos, chicos que no las querían, estudiaban, trabajaban, las había responsables e irresponsables, ricas y pobres, modernas y conservadoras, malas y buenas, guapas y no tan guapas ( Purita nunca supo dibujar una cara fea).

Además, dejaban traslucir una sociedad más abierta y reflejaban unas relaciones familiares y una visión de la mujer más respirables que la realidad sociológica de la España de esos tiempos, por lo que pienso que siguen teniendo actualidad a día de hoy y que no han envejecido mal, como lo prueba el hecho de que muchas hijas de lectoras de estas historias hereden los comics de sus madres y se enganchen de nuevo a ellos tendiendo un puente entre generaciones realmente poco común y muy difícil de ver en el ámbito del ocio.

Así, pienso que la recuperación y nueva publicación de Gina , no es sólo un ejercicio de nostalgia para todas las lectoras que llevábamos años suspirando y soñando con esta posibilidad. Tampoco es sólo una legítima y con toda seguridad exitosa búsqueda de nuevos lectores que podrán disfrutar de estos personajes inmortales tal como nosotras lo disfrutamos en su momento. No sólo es eso. Es además una forma de hacer justicia, en la persona de Purita Campos, a toda una generación de dibujantes, pioneras del cómic en nuestro país y a las que quizá no se valoró a la altura de sus merecimientos. Honestamente, eso es a mí lo que realmente me emociona de este libro.

Alina Entwistle
(Webmaster de la Comunidad Esther y su mundo /
http://groups.msn.com/Estherysumundo/puritacampos.msnw)

Jorge Armesto Rodríguez

GINA, UNA OBRA MAESTRA EN SU ESENCIA GRÁFICA

Cuando a finales de los años 50, en la agencia Selecciones Ilustradas me pasaron una nota del director de la revista inglesa Valentine , de la editorial Fleetway, con instrucciones específicas sobre una de las historietas románticas que dibujaba para ellos, me quedé gratamente sorprendido al comprobar que se refería a mí no como el dibujante fulano sino como “ el artista ” Fernández… Mi vanidad de principiante desbordó y pensé que aquel hombre le debían encantar mis dibujos.

Movido por la curiosidad pregunté a mis compañeros del estudio si tenían notas semejantes de aquel u otro editor, y, ¡oh, desilusión!, a todos nos trataban igual, de artistas… Tiempo después, cuando trabajaba para el mercado editorial norteamericano, comprobé que el tratamiento profesional era el mismo para todos y que metían en el mismo saco a un pintor, a un dibujante de comics o a un ilustrador. Todos artistas.

Y es que en esta, como en otras cuestiones, los anglosajones siempre han tenido menos prejuicios culturales.

En cambio, en nuestro país no era así. Para comenzar ya partíamos del prejuicio de que mis tebeos infantiles y los de mis amigos eran para chicos, mientras que los de mi hermana y amigas eran de chicas, igual que los colegios tenían aulas separadas por sexos. Con el agravante de que los tebeos para chicos estaban dibujados exclusivamente por hombres y los de chicas, en cambio, indistintamente por dibujantes y dibujantas.

Como a mí me interesaban todos los papeles dibujados e impresos, también leía los tebeos de mi hermana Raquel y de entre el pequeño tesoro que acumulaba en su mesita de noche aprendí a reconocer el estilo y los rasgos diferenciadores de las obras de Pili Blasco , Rosa Galcerán , María Pascual o Carmen Barberá , principales autoras de historietas de aquellos años.

Fue más tarde cuando descubrí la obra de Purita Campos , cuando ya llevaba varios años de profesional, y me llamó fuertemente la atención por su alto nivel expresivo y artístico.

Ahora, cuando tantos años después, he leído su obra Gina , he vuelto a valorar en Purita Campos la aparente facilidad con que resuelve los encuadres difíciles, la elegancia de sus composiciones de página, el dominio de la expresión y la armonía y belleza de los primeros planos, la justa ambientación de los escenarios y el acertado ritmo de lectura que imprime a las secuencias narrativas. Y todo ello gracias a su profundo conocimiento de la anatomía humana y por ende del movimiento y su perfecta resolución gracias a un entintado de pluma y pincel limpio y directo.

Un gran artista en suma, cuyo lenguaje plástico ha conectado durante muchos años con un amplísimo número de lectores, de todo sexo, tanto aquí como en los muchos países en los que se han editado sus obras.

Además hay que destacar el significativo valor añadido que tiene el que tanto Gina como otras muchas de sus historietas sean trabajos “de encargo”.

Los denostados y tantas veces maldecidos trabajos de encargo, constreñidos por las exigencias de un mercado ya definido y por el gusto particular de los editores, trabajos en los que había que respetar una iconografía-tipo (juventud, belleza, modas) y hasta las técnicas de dibujo y entintado, no sobrecargadas, como correspondía al género.

No hace mucho, apenas unos meses, el pintor, escritor y escenógrafo Eduardo Arroyo , que ha desarrollado la mayor parte de su importante trayectoria profesional en Italia y Francia, reivindicaba en una entrevista su firme convencimiento de que es en los “trabajos por encargo”, cuando el artista se ve forzado a realizar supremos esfuerzos de creatividad, para, al servicio de una idea ajena, llegar a conseguir hacerla suya, sublimándola al extremo de apropiarse del alma de la obra.

Y es justamente durante las décadas de 1970 y 1980, a través generalmente de trabajos de encargo, cuando concurrió una serie fortuita de circunstancias que propició la más importante aportación creativa de los artistas españoles, tanto en cantidad como en calidad, a la historia del cómic. En revistas de casi toda Europa y Norteamérica, los dibujantes españoles de historietas realizaron una decisiva renovación técnica y expresiva del medio, su obra tuvo una gran repercusión e influyó en artistas de otros países, y fue reconocida con premios y galardones que avalaban su elevado prestigio internacional. Purita Campos fue una de aquellos profesionales.

Con la importancia de que Purita Campos demostró que el trabajo de una mujer dibujante no solo estaba a la altura de sus compañeros masculinos, sino que incluso podía superarlos en el interés y aceptación del público lector, no en vano sus obras destacan por la capacidad de la autora para contactar con la mentalidad de sus lectoras.

Como ejemplo de todo ello aquí está el libro de Gina , una pequeña muestra de su fecunda labor, del bien hacer de Purita , que le conquistó una legión de lectoras -y sin duda, también de lectores- que hoy siguen atentos a la actualidad de esta gran autora de la historieta española.

Fernando Fernández
Mayo de 2005

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